Sentiste el frío del agua y el agua sintió la calidez de tu rostro.
Te miraste al espejo tres minutos, como si cada vez que lo haces descubrieras otra persona, examinando bien tus ojos. Secaste tu rostro mojado y saliste del baño ya exhausta de más, sin otra idea en la cabeza y en los pies de recostarte al fin en la cama suave y abrasiva que te extraña estos días que llegas tarde y que se siente sola.
Te sentaste en la esquina de ella, y desabrochaste tus zapatos, lento, los quitaste liberando a tus pies que respiraron al instante.
Después el pantalón que apretaba tus muslos y tus piernas dulcisimas y asfixiadas, la camisa, el brasier; dejando al descubierto tus senos inocentes de tus actos cautelosos.
Destendiste la cama y entraste a su abrazo acogedor, miraste a la ventana y pensando en varias cosas del día y lo que harías al siguiente te fuiste quedando dormida, poco a poco, incorrompible y cansada.
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