Tengo otra vida, la cual compartía desde el inicio de su historia, una vida que terminó en holocaustos.
En esa vida, con esa persona, somos dueños de un hogar que se derrumba a escombros, se empolva, se queda cada vez más callado y sin bailes, ciertamente se queda deshabitado.
En esa otra vida, tenía mi empleo, que era hacerla feliz desde las nueve de la mañana a las a cuatro de la tarde, mi salario eran sus sonrisas y sus besos.
El domingo por la tarde, era un momento que yo anhelaba tanto desde el lunes por la mañana. Colocábamos
dos sillas en posición a la puesta de sol, o frente a la ventana si llovía, cosa que no sucedía muy seguido, y nos quedábamos ahí en silencio, a veces una hora, a veces dos, nunca tres; ella valoraba mi silencio, yo el de ella, entendía lo importante que es para mí ese silencio que yo prefiero llamar paz, sólo si está ella en esa silla de madera que ahora está floja y con algunas telarañas.
Podía escribir que era feliz en las cartas que mandaba a mi muerte. Amaba, antes, al inicio de esa vida; amaba.
Ella murió un dieciséis de junio, por la tarde. Yo no me encontraba en casa, había salido por una cajita de té,
entre a casa con no sé que cosa en los pensamientos, pasé de largo la entrada donde aún estaban las dos sillas, entré directo a la cocina y puse el té en el cajón del mueble, pase a su cuarto y no la vi, grite su nombre para saber en que parte estaba, pero no oí respuesta. Noté que faltaban algunas de sus cosas que estaban a la vista, registre los cajones y puertas del closet, pero no había ni ropa, ni maquillaje, ni fotos, ni libros, nada de ella. Pasé a las demás habitaciones, y fue la misma cosa.
No supe más de ella en esa otra vida que teníamos, que ahora sólo yo tengo. Murió y ahora la veo de vez en cuando, en las plazas, donde nos miramos fijamente y volteamos la mirada.
Ahora, he vendido la casa, en unos meses ya no será más de nosotros, ya no será mi problema. Ahora estoy preparando la soga que he de amarrar al techo para colgarme, para dejar de existir yo también en esta vida,
la soga del olvido, la misma con que ella dejo de respirar para mí.
Antes del olvido, salí a sentarme en mi silla, está vez comenzaba a llover. Entré a la cocina por el poco vino que sobró de la última comida, puse un bolero en el toca discos que ella rescató de un bazar, y volví a mi silla.
La lluvia se volvió llovizna, tantos recuerdos pasan como siempre, tantas ganas de resucitarla.
Tantas ganas de ir a devolvernos nuestra vida con un beso, decirle vuelve, muérete de tu vida presente, y renazcamos en la nuestra, la casa está cayendo.
No pude suicidarme, no pude como ella pudo, quizás no tuve el valor que ella tuvo y que hace que me dé cuenta todos los días de su valentía.
Así que todavía tengo esa otra vida. La persona que compró la casa quedó conforme, y al menos, tengo las calles y las plazas.
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