- Quizá mañana desconocemos todo ¿no crees?, pero bueno por ahora hay que enterrar este cadáver que se nos hará tarde.-
Fueron las ultimas palabras que le dije a mi compañero de tragedias aquella noche y ahora él es el muerto, que melancolía cuando me lo dijeron.
Que fatal todo este luto, no me explico por qué todo de negro; las cortinas, el ataúd, los abrazos, alguna que otra risa sin querer, las flores, lágrimas, los asistentes, todo.
Me acerqué lento a su féretro y miré no sólo un hombre, vi a un amigo con el que compartí posiblemente una octava parte de mi vida, con él me embriague varias veces, me divertí, lloré, etc. e infinito.
Brotaron unas lágrimas de mis ojos, inevitable, observe atento sus arrugas, su piel grisácea, su cabello casi blanco, su mirada oculta por sus párpados, que lamentable.
-Amigo- dije en voz baja -mira donde has terminado, con este traje negro, ¡por favor!, a quién se le ocurrió que a una persona que en toda su vida no vistió un traje ahora quisiera morir con uno, pero bueno tienes toda una muerte para acostumbrarte.-
Me calle y seguí observando, se acercó una mujer que por las descripciones adivine fuera su hija, ya que nunca pude conocerla sólo me quedaba sospechar, luego lo confirme.
-Que lamentable- dijo.
-En realidad es una alegría- dije.
-Pero por qué una alegría- replicó desconcertada.
-Cuando tenga tiempo de ver a su padre y olvide un momento aunque sea por un momento su trabajo y sus amistades, decida venir otro día a visitarle como el siempre anhelaba y reprochaba todo el tiempo, entonces le preguntará usted. Perdón es triste, reitero, no creo que a él le haya agradado que su hija lo viera de esta forma. Con permiso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario